jueves 23/9/21

De la Filosofía rasante

Filosofía Pequeña

[Fragmento del libro Meditaciones para una pandemia. Anatomía de la nueva normalidad, de Adrián Alonso Enguita].

La filosofía rasante mira la batalla casi como un general, a distancia, desde la colina; mejor aún, sobrevolándola. Dédalo, el arquitecto del laberinto del minotauro, sabía de qué hablo. Demasiado bajo sería alcanzado por las flechas; demasiado alto sería abrasado por el sol. Ícaro, en cambio, se dejó llevar a las alturas tratando de posarse sobre la espalda del cielo para ser arrastrado y contemplar lo que hay al otro lado. No debemos olvidar, sin embargo, que tratamos con hombres, no con dioses, y su destino fue el de otros arrogantes como Belerofonte el cual, olvidando su condición, quiso participar del banquete de los divinos. Entrambos se haya la soberbia del filósofo que sortea el vuelo raso.

A ras, sin peligro a la vida, pero sin huir de las contingencias, esta filosofía puede pensar, pero ha de hacerlo rápido porque su examen caduca al siguiente giro.

A la distancia de la prudencia, los objetos y los hombres se vuelven pequeños, tanto como para perderse sus arrugas, pero no tanto como para perderse sus sudores. A un vuelo raso las heridas no manchan, pero impresionan; los gritos no ensordecen, pero arrullan; los lamentos no petrifican, pero conmueven; los triunfos no involucran, pero brillan; las derrotas no comprometen, pero escuecen. La batalla hace saltar cuerpos y esperanzas, hace volar flechas y miedos, hace olvidar amigos y principios; la batalla se abraza a la urgencia, y en la urgencia solo apremia la supervivencia. No hay espacio para el pensamiento dentro de la refriega. Pero la filosofía rasante piensa, y lo hace desde la distancia del vencejo, desde la panorámica del general sin ejército.

A ras, sin peligro a la vida, pero sin huir de las contingencias, esta filosofía puede pensar, pero ha de hacerlo rápido porque su examen caduca al siguiente giro. Es sosegada, cuidadosa, calculadora, en fin, prudente, aunque acuciada a obsequiar con una respuesta, quizá tan solo a acertar con la pregunta. Necesita, no de la eternidad, sino de la actualidad. Es actual, es en el ahora, y para serlo tiene que acudir a los antiguos, que no a los viejos. Los viejos están decrépitos, han llegado mal al examen. En cambio, los antiguos están fuertes, vivos, son recios y están listos para atizar. La filosofía rasante necesita sumarlos a su ejército sin soldados para traicionarlos, para coger de ellos lo que quede de vivo, para desechar lo que se haya oxidado.

La filosofía rasante no es como un juez que dé por concluida la trama, sino como una hidra para la cual a cada cuello cortado resulta un aumento exponencial de cabezas.

Como el Gran Capitán, solo hace un catálogo exhaustivo para la retranca o la queja porque su vuelo no quiere cargas. No es una erudita, aunque necesite de los mejores y acuda a ellos. No es una doxógrafa, aunque ronda a los pensadores para acometerles por detrás. El catálogo le da igual porque la filosofía rasante quiere resolver, no dar cuenta de su valía, y por ello no pena su complejo al acudir a la baja cultura, siquiera acepta que exista baja cultura. Quienes solo parlamentan con la alta gracia son inmaculados, pero estériles y no producen nada hacedero. La fiesta está abajo y hay que sobrevolarla para ni perderse los fastos ni perderse en ellos: recoge de los telediarios con tanta fruición como de las tragedias, copea con los cómics con tanto goce como con las epopeyas, ingiere de las series con tanto gusto como de las películas y escancia en los periódicos con tanto placer como en los tratados de los sabios. Sin fidelidad alguna excepto a su vuelo, tanto copula con la viñeta como con la novela.

Demasiado rápida para el sistema cerrado, demasiado lenta para el noticiero. No pretende abrumar arrogante y docta, pero se resiste a la ligereza de la banalidad espectacular. Procura la sugerencia generosa, apareja la insinuación impropia y sugiere el ángulo franco. No es que no se crea capaz de cerrar, es que no lo considera conveniente. La filosofía rasante no es como un juez que dé por concluida la trama, sino como una hidra para la cual a cada cuello cortado resulta un aumento exponencial de cabezas. Paradójica, desde la tranquilidad de su vuelo invita a la tensión del pensamiento, desde la seguridad de la exploración racional convida la certeza de la falta de soluciones, desde el cierre de una puerta revela la abertura de unas cuantas.

Ni un cuervo carroñero ni un águila solemne, el vencejo es humilde. La filosofía rasante se maneja en lo cotidiano y desde ahí golpea sin dejar de volar. Nunca se posa porque nunca afloja. No pretende ser simple, tampoco caer en lo bizarro, más bien es sencilla, y esto es lo más complicado. En la sencillez se compromete: ni demasiado alto para orillar en lo divino inmóvil ni demasiado bajo para costear lo grosero, ni puro ausente ni corrompido ahorcado. No está manchada, pero sí salpicada; no está herida, pero sí arrastra cicatrices; no es senil pero sí reputa arrugas. Ahí reside su fortaleza. En fin, es sencilla, clara y cristalina. Y por todo ello está al final del camino del oficio, junto a la belleza.

De la Filosofía rasante
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