domingo 22/5/22

Del marinero y el capitán

Filosofía Pequeña

El marinero y el capitán mantienen una relación asimétrica en la vida de a flote, pero también en el refranero popular. Donde manda capitán, ya saben, no manda marinero. Yo mando, tú obedeces; yo digo, tú callas; yo mantengo mis posaderas en descanso, tú fuerzas tus rodillas; yo apenas reparo en ti, para ti yo soy todo. Y te gusta, manda huevos. Y «ye lo que hay», que es también del saber popular, este del asturiano.

El marinero de verdad, el de ancla en pecho, obedece, claro que obedece, pero cuidado con las cosas raras que en una mala orden le va la vida y en una sobrada le va el orgullo

La semántica es la de la mansedumbre, la del perro baboso y fiel, que es una manera de referirse a la docilidad. Es un preciso ejercicio de autoalienación. Alienarse, qué finura, consiste en crear algo de lo que perdemos el control y, no solo eso, sino que además pasa a controlarnos. Dios es el perfecto ejemplo: lo creamos para que se nos escape, olvidemos que lo hemos creado y terminemos obedeciendo su voluntad. Autoalienarse es más perverso, es crearse como algo ajeno a sí mismo, es alejarse del núcleo, es ceder la propia voluntad, es crear un gólem y meterse dentro, es desaparecer. Enajenados de sí mismos, los marineros abandonan su voluntad y pierden su alma en el sentido más aristotélico. Se autoimponen una dominación. Se venden al patrón.

El marinero de secano, el que solo conoce la humedad como baba, se deja llevar por la corriente y las mareas, pero no como un estoico que comprende el orden de lo real —logos— y que encuentra la única libertad en el conocimiento de la necesidad, sino como un pez moribundo.

Las expresiones son las que encontró Hannah Arendt en Eichmann. Otro marinero que no desafinaba con el saber popular cuando entonaba el «soy un mandao, chico, a mí qué me cuentas», cuando repetía el «yo no quiero, de veras, me duele, realmente me jode, pero qué quieres que le haga, estoy obligado» y cuando remitía a otra altura que lo tenía arrodillado, «yo me quejaría de que alguien haga lo que me toca, te animo a hacerlo, pero mientras tanto…», sí, «es que me toca, preferiría que fuese otro, pero me toca». Si te dijese lo que me toca a mí… ¿Lo reconocen, verdad? Es el funcionario de a pie, ese funcionario que se viste con los peores ropajes del estereotipo.

El marinero de verdad, el de ancla en pecho, obedece, claro que obedece, pero cuidado con las cosas raras que en una mala orden le va la vida y en una sobrada le va el orgullo. Sabe de la importancia de la disciplina cuando el temporal aprieta y de lo esencial de un par de hostias al capitán cuando este pierde el valor o el sentido. En la mar no hay espacio para babosos y fieles. El marinero de secano, el que solo conoce la humedad como baba, se deja llevar por la corriente y las mareas, pero no como un estoico que comprende el orden de lo real —logos— y que encuentra la única libertad en el conocimiento de la necesidad, sino como un pez moribundo. Solo los peces muertos acompañan la corriente. Ahora bien, mejor sacarlos del agua, debió de pensar Arendt, cuando vienen envenenados, y aunque aceptó la mansedumbre de Eichmann, de su culpa no se libró y casi que mejor que lo ejecutemos. Ser, serás un perrín domado, pero esto no te justifica, colega, así que a pringar.

El marinero no lo entiende, se le ve en la cara. «Pero si yo soy una tuerca, si no fuera yo, sería otro, soy prescindible, no tengo iniciativa, me dejo llevar, escucha, ¡soy un mierda! Déjame tranquilo y vete a por el jefe». Sorprendería recordar nuestros momentos de necesidad a lo largo de la vida y señalar cuántos se han puesto de lado ante la injusticia, cuántos comprenden tu situación pero ya tal, cuántos no moverán un dedo para apoyarte, sino sus hombros buscando tu comprensión, ya quisieran pero a su modo son víctimas, ¿acaso no lo ves? ¡Fíjate! Ahí está escrito, en su miseria: ye lo que hay y donde manda capitán no manda marinero.

Del marinero y el capitán
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