Opinión

Escaleras del viejo polideportivo

Traté mucho a Santi cuando éramos unos chavalinos y, junto a él y otros coetáneos, viví experiencias inherentes a una edad tan fascinante

Cumplí 50 años hace tres meses y, pese a mi natural desafección hacia el exceso de trascendencia y a que en puridad solo se trata de uno más que los 49 y uno menos que los 51, la cifra es lo suficientemente redonda para que la tentación de realizar algún tipo de balance, por muy primario que sea, se imponga. El mío consistió en una chorradita para redes sociales en la que, resumiendo a lo Violeta Parra, daba gracias a la vida por lo bien que me ha tratado hasta ahora. No me refería, evidentemente, a ninguna cuestión material y sí enfatizaba un aspecto: las personas que he ido encontrando en el camino y que han hecho de mi infancia, adolescencia, juventud y madurez una experiencia lo bastante agradable para que apetezca prolongarla a sabiendas, eso sí, de que ya es más lo que miramos por el retrovisor que el trecho por recorrer.

Santi era fuerte, noble, responsable, divertido y, aunque no creo habérselo dicho nunca, siempre me pareció dotado para un liderazgo discreto y nada estridente

polideportivo-arriondas

Aunque voy con frecuencia a ver a mis papis, la semana pasada no tenía previsto acercarme por Arriondas. No tocaba. Lamentablemente, esos planes los trastocó la desgraciada pérdida de un viejo amigo que creo hubiera suscrito buena parte del párrafo anterior, sobre todo en lo referido a sentirse querido por las muchas amistades sembradas y la hermosa familia que le tocó en suerte, que él mismo se encargó de hacer crecer. Sé que no existe consuelo posible para sus allegados ante una partida tan prematura e injusta, pero estoy seguro igualmente de que en su balance del medio siglo también primó lo positivo y la alegría por una vida bien aprovechada, que a quienes aquí quedamos se nos antoja dolorosa e innecesariamente corta.

Traté mucho a Santi cuando éramos unos chavalinos y, junto a él y otros coetáneos, viví experiencias inherentes a una edad tan fascinante: primeras salidas nocturnas, fiestas, carnavales, rallyes, acampadas, sesiones dominicales de cine... Algunas de ellas adquirían rango de rito iniciático, con esa relevancia que damos a las cosas que nos ocurren en esa etapa vital. Santi era fuerte, noble, responsable, divertido y, aunque no creo habérselo dicho nunca, siempre me pareció dotado para un liderazgo discreto y nada estridente. Coincidimos varios años en el equipo de baloncesto del pueblo: él era muy bueno y yo... en fin, formaba parte del grupo. Se fajaba como un titán con tíos mucho más altos y tenía un tiro de media distancia tremendamente efectivo. Más tarde, como también me ocurrió con otros amigos, agendas académicas, obligaciones laborales o la irrupción de prioridades inexcusables convirtieron nuestra relación en esporádica, pero siempre agradable y afectuosa aunque ya apenas coincidiéramos en fiestas.

Llevo varios días sumido entre la tristeza y los recuerdos que la siempre voluble y selectiva memoria me devuelve de una época en la que, afortunadamente, no quedaba testimonio gráfico de todo cuanto hacíamos, huérfanos de móviles y dispositivos tecnológicos. Así que permitidme que, puestos a escoger, me quede, al menos metafóricamente, en un momento que alguien sí tuvo a bien registrar fotográficamente y al que inevitablemente he vuelto recientemente: un instante en el que once rapaces de pueblo posan despreocupados (moderadamente sonrientes los más, serios algunos de ellos) en las escaleras de un viejo polideportivo ataviados con una camiseta de tirantes amarilla (Santi con el 7, yo con el 13) de la Escuela Deportiva Municipal de Arriondas en un ya lejano 1989. ¡Qué enorme privilegio haber recorrido junto a ti un pequeño y feliz tramo de los caminos de la vida, amigo!