Opinión

No robarás

Siempre que resuenan campanitas electorales de fondo, asistimos a la misma impostada representación bufa por parte de los partidos que componen el arco parlamentario: propósito de enmienda (¿o era enmierda?) respecto a los pecados cometidos (sobre su sinceridad, mejor correremos un tupido velo) y promesas de regeneración democrática una vez mantengan u obtengan el poder.

Nunca he entendido demasiado bien tanta verborrea y sobreactuación, en primer lugar porque la credibilidad que la ciudadanía otorga a tales compromisos suele ser bastante limitada y porque, además, ¿qué necesidad hay de comprometer algo que ni estás convencido de querer cumplir o que ni siquiera va a depender de ti? Al final esta grandilocuencia solo sirve para que la hemeroteca te persiga el resto de tus días. Pero aquí tenemos a los dos líderes políticos más importantes del país compitiendo por ver quién lanza la declaración de intenciones más epatante a sabiendas de que no estará en su mano llevarla a cabo. Con lo fácil que sería tirar de comodines mucho más realistas del estilo de “se hará lo que se pueda”, “trataremos de salir del entuerto”, “estamos en las manos de Dios” o “que el Señor nos coja confesados” que a los votantes nos resultarían más asumibles.

El presidente Sánchez confundiendo deseo y realidad (sin la gracia lírica de Cernuda) diciéndonos que no habrá elecciones hasta 2027 (¡como si dependiera de él, con las amistades que se gasta!) y el aspirante Feijóo aseverando que Vox no formará parte de un hipotético futuro Gobierno suyo, tal y como hicieron no hace mucho algunos de sus barones autonómicos cinco minutos antes de incluir a los ultras en sus gabinetes. Pero, ¿qué obligación tienen de hacer tan categóricas afirmaciones? Si casi nadie las demanda y, lo que es peor, casi nadie se las cree. Si no puedes mejorar el silencio, ¿a qué tanta cháchara?

Y, mientras tanto, la izquierda a la que pertenezco mucha indignación, estupor, cabreo, petición de rendición de cuentas y blablablá que se suele sustanciar en la nada con sifón. O, por decirlo a la manera cervantina: «Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuese y no hubo nada». Ahí seguimos atornillados a sillón, que fuera del gobierno hace mucho frío.

Llevo muchos años proponiendo a quien comete la temeridad de escucharme (una audiencia que suele oscilar entre una y tres personas, incluyendo familia) que la izquierda (y, por favor, no me hagan repetir por enésima vez que no me estoy refiriendo al PSOE) debe presentarse a la ciudadanía y concurrir a los procesos electorales con un programa de mínimos que permita que (casi) todas las distintas sensibilidades se sientan medianamente representadas y puedan suscribirlo. Apenas un decálogo de cuestiones y medidas realmente sensibles y urgentes que apelen a amplias capas sociales sin caer en solipsismos, en narcisismos personalistas o de siglas ni en maximalismos fuera de nuestro alcance.

Pero, llegados a este punto, rebajo considerablemente mi apuesta y planteo presentarnos ante el escrutinio popular con un único punto programático: no robarás. Ya es más de los que otros están en disposición de ofrecer, aunque me temo que lo difícil será hacer observancia de él.