Opinión

El ruido y la furia

Salgo de mi voluntario mutismo de meses no porque ahora tenga cosas más interesantes que contar (algo infrecuente en quien suscribe), sino porque la tentación de aprovechar esta plataforma que se me ofrece como aliviadero del pasmo que me aflige es irresistible. Tengo bastante tendencia a la melancolía y muy mermada mi capacidad de asombro, pero reconozco que hasta a mí me resultan impúdicos los ejercicios de desfachatez pública de los que estamos siendo testigos, no solo por parte de nuestra clase política.

La catástrofe de Valencia ha sacado, como es habitual en casos semejantes, lo mejor y lo peor del género humano: oleadas de solidaridad, generosidad y desprendimiento sincero (y también algo de autocomplacencia, a qué negarlo) junto a pillajes, fraudes y trapacerías.

En estas mismas páginas he contado varias veces que, frente a la muy extendida creencia de que no nos merecemos los políticos que tenemos, pienso que los que nos han caído en desgracia son los que más se nos parecen (y los que hemos votado, añado). Sabíamos o intuíamos (y si alguien albergaba dudas, ya las habrá disipado) que en nuestras clases dirigentes no suelen anidar “los mejores” y tampoco es algo que me lacere ya que, sin desdeñar la excelencia (que nunca estorba) creo que para un buen servicio público es más importante una sincera vocación de servicio, amplia capacidad de trabajo, saber rodearse adecuadamente de aquellos que puedan ayudar según la situación que debamos afrontar y, claro está, todas las destrezas personales y profesionales que seamos capaces de aportar. En todo caso, sí sería útil que de una vez por todas abandonemos esa querencia casi suicida que tenemos por dejar los asuntos del común en manos de “los peores”.

La catástrofe de Valencia ha sacado, como es habitual en casos semejantes, lo mejor y lo peor del género humano: oleadas de solidaridad, generosidad y desprendimiento sincero (y también algo de autocomplacencia, a qué negarlo) junto a pillajes, fraudes y trapacerías. Pero como simple ciudadano que solo se ha visto afectado en lo emocional, resulta muy frustrante el papel jugado por las distintas Administraciones con su obsceno juego del “y tú más” y desolador ver cómo el orden de las prioridades de algunos que ocupan relevantes puestos en el escalafón (y cobran a tenor de ello) parece estar más encaminado a la construcción de un relato (preferiblemente falso) que siembre dudas acerca de la cadena de irresponsabilidades o sirva como relativo blindaje ante las distintas causas penales que, en breve, deberán afrontar que en poner sus cinco menguados sentidos en la necesaria tarea de reconstrucción. Incapaces antes y durante, los administrados deberíamos tener ciertas garantías de que el después consista en algo más que escurrir el bulto. Y en esto, como en todo, ha habido clases: ahí tenemos al presidente Mazón, mucho más diligente a la hora de empezar a adjudicar contratos a dedo que a ponerse al frente de una emergencia que le estropeara la sobremesa.

Capítulo aparte merecen muchos de esos patriotas de banderita que pueblan los medios como habituales sembradores de odio y bulos, bastantes de ellos retratados como la inmundicia que son mintiendo acerca de muertos inventados

El drama humano es la verdadera tragedia, porque de lo material saldremos con esfuerzo e inversiones, pero reputacionalmente nuestro país ha quedado muy tocado, proyectando una imagen muy alejada de lo que se suponía que éramos. Y ahí también se han echado en falta verdaderos liderazgos nacionales que cogieran el toro por los cuernos desplazando del mando a ineptos autonómicos sin atender a cálculos de oportunidad y afrontando con gallardía las acusaciones de invasión competencial que seguro hubieran recibido.

Capítulo aparte merecen muchos de esos patriotas de banderita que pueblan los medios como habituales sembradores de odio y bulos, bastantes de ellos retratados como la inmundicia que son mintiendo acerca de muertos inventados o arrastrándose por el barro como las alimañas a las que tanto se asemejan. Pero, ojo, si todos ellos son despreciables, tampoco me merecen mucha mejor opinión quienes dan pábulo a las barbaridades escupidas por la boca del primer mamarracho que disponga de un micro. Hay mucho propagador de mierda, pero también mucho crédulo dispuesto a creerse cualquier fantochada que refrende sus conspiranoias, aunque estos últimos ni siquiera ganen pasta con ello. Decía Michael Herr en “Despachos de guerra” que somos responsables de lo que vemos: quizá también deberíamos comenzar a serlo de lo que decidimos creer.