sábado 25/9/21

Don Armando

No sé por qué razón me viene a la cabeza Don Armando, un profesor de literatura que tuve a principios de los 80 en el instituto Rey Pelayo, de Cangas de Onís. No sé si es porque el nuevo confinamiento de los alumnos en casa aparte de ponerme de mala leche, me pone nostálgica, o porque Luis García Montero y su genial poesía me reconcilian con la literatura, o porque estoy aburrida y como el burru, con el rabu espanto mosques. En fin, que Don Armando, un profesor que tenía todas las cartas para que nos burláramos de él aquellos adolescentes que fuimos, me hizo adorar la literatura un curso, no me acuerdo cual, sería segundo o tercero de BUP.

Era un hombre pequeñín, con voz profunda y dedos finísimos. Un excelente profesor, inteligente, sutil y apasionado.

Explicándonos que el poeta no decía lo que escribía si no lo que quería decir y que en semejante tortilla de significados nos hablaba de amor (siempre) de alegría (pocas veces), de tristeza (las más), de protesta sibilina (a menudo)

En el programa de aquel curso evidentemente, la agotadora generación del 27, y los para mi aburridos e ininteligibles Aleixandre, Alberti, Guillén, Lorca, tan tristes o tan excesivos, con todos esos versos libres que me sonaban a nada. Yo solo me aprendí Espronceda y sacándome de Machado y Miguel Hernández, no había nada en la poesía que me pudiera distraer y ya no digo interesar. Así que empezábamos con los peores auspicios.

Pero Don Armando vino a salvarme de la estepa con palabras sin imágenes en que se convertía cada clase de literatura, con libros de bolsillo llenos de rayatos. Explicándonos que el poeta no decía lo que escribía si no lo que quería decir y que en semejante tortilla de significados nos hablaba de amor (siempre) de alegría (pocas veces), de tristeza (las más), de protesta sibilina (a menudo). Avanzaba por el pasillo entre pupitres declamando, ¿a qué hace referencia?  ¿qué quiere decir aquí el verbo comer, llorar o volar? ¿por qué lo escribe o por qué lo omite?  ¿qué figura utiliza?

Por la ventana de octubre entra un sol pegajoso y el rumor de la clase de educación física. Don Armando se mantiene impecable, con camisa y jersey de picu azul cielo, imperturbable a nuestro humor colectivo de hormonas revolucionadas.

Hay que entender la intención del autor, la conciencia del hombre, el contexto político y social de la época, el movimiento literario, sigue machacón. Se para delante de mí con el libro abierto y los dedos índice y pulgar formando un círculo perfecto para que el gesto apoye la palabra. Estoy colorada como un tomate, un sudor espeso de calor y angustia sale por los poros como un grifo pasáu de rosca. La cabeza como un desierto sin sombras. No sé qué me pregunta, y no recuerdo qué respondo. Solamente recuerdo que mi respuesta le satisface y que sonríe victorioso, como un buscador de oro que encuentra por fin la pepita. Acerté, y como vale más llegar a tiempu que rondar un añu, y que soy muy práctica, a partir de aquella clase pongo orden en el camino intelectual que me permite darle a Don Armando las respuestas adecuadas, las que hacen que parezca feliz. Yo creo que nunca se creyó la impostura, pero apreció el esfuerzo y a mí me salieron bien todos los exámenes. Lástima que no me quede ni un verso de aquella época. Eso sí, aprendí el arte y la manera de parecer que sé, ignorándolo todo, de “faire ilusion” como dicen los franceses. Un arte muy útil en esto tiempos de sabios y expertos.

Don Armando
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