martes 13/4/21

La calle del señor cura

La calle Nicanor López Brugos

Para un ateo irreductible como yo, aquellas personas creyentes que muestran una completa coherencia con sus prácticas religiosas son siempre dignas de admiración porque lo importante no es que los demás piensen lo mismo que tú, sino que sean fieles a su manera de ver la vida y, por tanto, merecedoras del mismo respeto que yo reivindico para mi nihilismo.

Entre estas personas fieles a sus creencias religiosas que llevan con notable orgullo, se encontraba el sacerdote Nicanor López Brugos, un paisano de León que llegó a Mieres a principios de los años sesenta y en seguida se mezcló con el paisaje y con el paisanaje porque era hombre que seguía las consignas del Maestro que le pedía que allí donde fuera hiciera lo que viera.

La muerte del pastor de rojos izquierdosos que le hicieron a él comulgar con sus ideas y a los mineros sentirse cercanos a sus propuestas religiosas fue muy sentida en Mieres

Y el cura cumplió con el mandato divino y vio que los mineros de Mieres reivindicaban un salario justo y un trabajo digno en plena dictadura y en los albores de un movimiento obrero que empezaba a no transigir con los caprichos de los dueños de las minas. Y, claro, se hizo tan reivindicativo con los que en teoría eran sus feligreses, aunque muchos de ellos ni siquiera en las fiestas de guardar pasaban por la iglesia.

Eso a López Brugos no le importaba demasiado. Él quería que todas las personas fueran capaces de entender lo que era la justicia y la dignidad. Y vaya si lo entendieron. Igual que él, que les abrió las puertas de su templo para que mostraran la faz de la dictadura y la coherencia de sus reivindicaciones y los mineros le hicieron caso y le llenaron la Iglesia para denunciar las miserias del régimen los días laborales y para escuchar la palabra de Dios los domingos y las fiestas de guardar. Es probable (yo diría que seguro) que Nicanor López Brugos llevó a mas ovejas al rebaño del catolicismo que todas las procesiones que la jerarquía católica, aliada del franquismo, organizaba para mayor gloria de su excelencia.

Los ateos irreductibles aplaudiremos lo que sea y si es necesario, nos santiguaremos como homenaje.  

La figura del cura de Mieres se hizo muy popular entre los vecinos que poco a poco le consideraban uno de los suyos y persona de fiar, porque era cómplice de sus demandas de mejores condiciones de vida y les exhortaba a seguir el camino de la verdad. 

La muerte del pastor de rojos izquierdosos que le hicieron a él comulgar con sus ideas y a los mineros sentirse cercanos a sus propuestas religiosas fue muy sentida en Mieres y al cabo de pocos meses, los vecinos reclamaron una calle para el señor cura que había sido solidario con sus feligreses y la idea surtió el efecto necesario y la promesa de que pronto se haría realidad.

Pese a los buenos deseos y la coincidencia generalizada de que don Nicanor, como le llamaban sus vecinos, merecía ser inmortalizado en el nomenclátor de Mieres, todavía no se ha concretado esa decisión consistorial, a pesar de las buenas palabras. Y creo que ya es hora.

Por eso, junto a la gran mayoría de los habitantes de la capital del Caudal, reclamamos a su alcalde, Aníbal Vázquez, rojo y luchador como el cura, que cuanto antes se pongan en marcha los trámites para dotar a Mieres de una calle de prestigio que lleve el nombre de Nicanor López Brugos. De bien nacidos es ser agradecidos y por eso incorporar al callejero al cura que se camufló con el paisaje y el paisanaje tiene que convertirse en un acto de justicia. Y allá los católicos si la quieren bendecir o darle una misa de agradecimiento. Los ateos irreductibles aplaudiremos lo que sea y si es necesario, nos santiguaremos como homenaje.  

La calle del señor cura
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