La pertinaz obsesión de determinados sectores políticos, mediáticos y ganaderos por sacar al lobo de la nómina de especies de especial protección, el conocido como Lespre, parece un signo de unos tiempos difíciles en el que las especies más vulnerables se ven indefensas ante la fuerza de quienes más pueden, y esto vale para los animales como para la especie, humana, y algunos de los que mas ahínco ponen en la debilidad de los desamparados rememoran el atavismo de los cazadores de las épocas prehistóricas en las que la supervivencia estaba relacionada con la supremacía de la fuerza y no por la diversidad ante la naturaleza.
Por eso, al instinto de quienes quieren ponerle trabas a la rehabilitación del lobo, se les opone la contundencia de los datos de los científicos, especialmente biólogos y medioambientalistas, que explican con claridad que la raza todavía no ha alcanzado el nivel de protección exigible en una sociedad equilibrada en la diversidad y en un mundo en el que es preciso que todas las especies estén resguardadas para que puedan vivir sin riesgos de extinción.
Los malentendidos entre naturalistas y ganaderos han estado siempre relacionados con la depredación de animales domésticos por parte de los lobos, cuando no tiene por qué ser incompatible una medida con la otra.
Es cierto que el lobo, desde que las autoridades españolas pusieron en marcha medidas de protección, ha crecido de manera rápida y sostenible, pero todavía insuficiente, según los estudios científicos realizados por las organizaciones que se dedican a estudiar la naturaleza y a buscar un equilibrio entre los diferentes grupos de animales, por lo que es absolutamente necesario seguir sus atinados consejos.
Parece, pues, poco racional, arremeter contra los ecologistas, tildándolos de urbanitas y otros tópicos peyorativos, por tratar de que se controle al lobo de manera racional y no se pongan solo sobre la mesa intereses sectoriales y económicos que, a la larga, solo redundan en perjuicio de los intereses generales de la sociedad, que no tienen por qué coincidir con los de los cazadores.
La desprotección del lobo comenzó en la Unión Europea, donde los sectores más derechistas plantearon la necesidad de rebajar las medidas para equilibrar a las diferentes especies animales y las producciones económicas. No es casual que hayan sido en España los tres grupos más de derechas del Congreso de los Diputados (PP, Vox y los catalanistas de Junts) los que hayan reclamado la eliminación del lobo del listado lespre.
En el caso de que se produzca un ataque a la cabaña ganadera, siempre hay la posibilidad de cobrar indemnizaciones que, a lo mejor, tienen que ser más numerosas, en tanto en cuanto que se demuestre que los animales fueron atacados por los lobos y no por otras especies domésticas, porque en este ámbito se han producido algunas tramas bastante irregulares.
Como recordaréis, toda la izquierda votó en contra de frenar al lobo por encima del Duero, mientras que los Gobiernos autonómicos, incluido el de Asturias, mantuvo posiciones muy beligerantes a favor del recorte de las medidas proteccionistas, incluso contra los criterios de sus propios correligionarios a nivel nacional que, en el caso del Ejecutivo de La Moncloa, siempre fueron partidarios de mantener el actual listado.
Los malentendidos entre naturalistas y ganaderos han estado siempre relacionados con la depredación de animales domésticos por parte de los lobos, cuando no tiene por qué ser incompatible una medida con la otra. En el caso de que se produzca un ataque a la cabaña ganadera, siempre hay la posibilidad de cobrar indemnizaciones que, a lo mejor, tienen que ser más numerosas, en tanto en cuanto que se demuestre que los animales fueron atacados por los lobos y no por otras especies domésticas, porque en este ámbito se han producido algunas tramas bastante irregulares.
Habría que apelar al sentido común y a la compatibilidad de cumplir con lo acordado por el Congreso y la necesidad protectora de la especie, antes de que sea demasiado tarde y hacer viable un conservacionismo del siglo XXI para que el instinto de caza no derrote a la realidad de la ciencia. Y antes de que el éxito de los primeros no reabra el debate de que los niños se suban a los árboles para destrozar los nidos de los pájaros. Pues una cosa podría llevar a la otra si nos olvidamos de que somos (o deberíamos ser) más civilizados que nuestros antepasados.