lunes. 08.08.2022

Esa sonrisa socarrona

La ventaja de residir siempre en el mismo entorno y en un territorio amigo es que conoces a todo el mundo y sabes de las necesidades de la gente que comparte calles y plazas y por tanto puedes hacer todo lo posible porque esas carencias de tus vecinos sean superadas con la fuerza de la unión de todos ellos. Y tiene también el beneficio de que tus compañeros de barrio te conocen a ti y saben de tu valía y, sobre todo, de tu compromiso.

Con esa sonrisa socarrona que siempre la caracterizó y la convirtió en una dirigente vecinal con el suficiente aplomo para encabezar las protestas de sus vecinos, Carmen Álvarez era una mujer rescamplada y valiente

Carmen Álvarez, que se murió un día de este mes de noviembre vivió siempre en  El Natahoyo, desde que regresó del exilio en Francia y no se alejó mucho del lugar en el que había venido al mundo, en la zona gijonesa de Jove. La mujer, luchadora, combativas y coherente, se confundió con el paisaje fabril de la zona y dio auténticas alternativas a los problemas del barrio con la meticulosidad y la firmeza de quien sabe que está haciendo algo por sus congéneres.

Con esa sonrisa socarrona que siempre la caracterizó y la convirtió en una dirigente vecinal con el suficiente aplomo para encabezar las protestas de sus vecinos, Carmen Álvarez era una mujer rescamplada y valiente que no se arredraba ante las dificultades y sabía que la conquista y el asalto a los cielos empieza por una pavimentación de una calle y termina con la consecución de votos para la formación en la que militas. 

Sus años de brega al frente del movimiento ciudadano le llevaron a engrosar las listas de Izquierda Unida para el ayuntamiento de Gijón, aunque ella siempre decía que sobre todo era una mujer comunista, que le venía de familia. En el ayuntamiento se peleó con los demás partidos para conseguir mejoras para los suyos y su constancia enriqueció los debates y los escaños de su grupo municipal y puso nombre y ejemplos a su utopía.

Carmen la de El Natahoyo, como la seguían llamando sus compañeros, amigos y vecinos, luchó hasta la saciedad por lograr que Gijón contara con una empresa municipal de vivienda, porque consideraba que tener una casa y un techo bajo el que vivir es el elemento clave de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos menos favorecidos. Y lógicamente, alcanzó sus objetivos y hoy esa empresa municipal forma parte de la realidad política y organizativa de la ciudad.

Cuando dejó el ayuntamiento, volvió a su lucha inmediata por mejorar el barrio y fue pertinaz ante sus compañeros que ahora ocupaban su escaño y con el resto de partidos consistoriales para seguir mejorando las condiciones de vida de los que menos poseen, pero que tienen los mismos derechos que los más agraciados a conseguir una vida digna. Y continuó en El Natahoyo para quien quisiera algo de ella.

Ahora sus compañeros de asociación y con la unanimidad de los gijoneses, han planteado la necesidad de colocar un monolito con su figura en la calle Cortes de Cádiz, que era donde residía. Y yo me lo estoy imaginando con esa coña que le hacía enfrentarse a la vida decir. “Meca, neñu van a haceme un manolito (sic). No tendrán coses mejores que hacer?. Ja, ja, ja, Un beso al cielo de los rojos, Carmen, donde estarás seguro disfrutando del descanso merecido.

Esa sonrisa socarrona
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