Una visita que sembró preguntas
Cuando conocí a Amina Hanif (25 años), Hafiza Siddiqa Hanif (21), Mustafá Muhammad (26) y Hanif Muhammad (padre de las dos chicas) en el CP Xentiquina de Lieres sentí que necesitaba conocerlos un poco mejor, tras ver un documental sobre su vida en el valle de Hushé, en el norte de Pakistán, sentí que quería hablar con ellos de cerca, sin prisas, mirándonos a los ojos.
La conversación se volvió entrañable cuando hablaron de comida. “Aquí me encanta el pescado y el conejo”, dijo Hanif. “Allí no hay conejos, estamos demasiado altos”. Siddiqa se relamía al recordar el pan con cordero, y el pan con pollo. Mustafá se enamoró de la tortilla de patatas, las ensaladas con aceite de oliva y la manzana -Pakistán es un país donde la cosecha anual de manzana es muy alta. A Amina lo primero que se le viene a la cabeza al pensar en comida de aquí, es el pescado. Y todos sonríen al recordar la cantidad de fruta disponible a diario que tenemos aquí.
Cuatro perfiles, una misma raíz
Amina Hanif ha terminado la carrera universitaria de Turismo y Hospitalidad y ha fundado su propia empresa: Porter Pakistan, una agencia especializada en rutas personalizadas por el norte del país, con enfoque local, sostenible y femenino. Además, trabaja en una oficina en Skardu donde lidera un proyecto de producción de aceite de albaricoque. “Entrenamos a mujeres durante cinco o seis meses. Luego trabajan con nosotras. Se sienten protegidas. Pero muchas no pueden venir porque sus padres no lo permiten”. Habla muy bien de su jefe, pues apuesta claramente porque la mujer trabaje fuera del hogar, y las ampliaciones que hace porque la empresa mejora continuamente, las hace incorporando mujeres.
Hafiza Siddiqa Hanif, su hermana menor, quiere ser enfermera. “Es mi sueño, pero no puedo conseguirlo. Es muy caro. Si pudiera estudiar fuera, volvería siempre a ayudar a mi pueblo”. Su padre lo confirma: “Ella ya ha terminado el curso 12. Ahora necesita una universidad. Si lo logra, volverá al pueblo como enfermera. Porque allí no hay sanitarios”.
Los alumnos del Colegio Meres también pudieron conocer la historia de las pakistaníes.
Mustafá Muhammad es guía de montaña y trekking. Aprendió español al darse cuenta de que los montañeros españoles no hablaban inglés. “Soy el primer estudiante de la Fundación Sarabastall que aprendió español. Ahora trabajo como traductor y guía. También colaboro con la Fundación. Gracias a ellos, muchos chicos y chicas estudian en Islamabad o Skardu. Algunos ya trabajan en el gobierno”. “Aquí todo es limpio, bonito, y las mujeres trabajan igual que los hombres. Eso no pasa en nuestro país”. Mustafá, que pronto será padre, tampoco quiere dejar su valle, pero sí que quiere un mundo más igual de hombres y mujeres, y tiene claro que, si tiene hijas, será un padre como Hanif, que luchará porque ellas estudien y trabajen y cumplan sus sueños, en lugar de casarse entre los 14 y 16 años y tener hijos, como es la costumbre en el país.
Hanif Muhammad, padre de Amina y Siddiqa, es hijo de Abdul Karim, conocido como Little Karim. Acompañó a sus hijas en este viaje, como lo hizo en 2018 cuando ambas alcanzaron la cima del Mangilik Sar (6.060 m) junto a la guía española Miriam Marco. “Si yo no pensara que hombres y mujeres deben tener las mismas oportunidades, mis hijas no estarían hoy aquí”, dijo. “La Fundación Sarabastall lleva 24 años trabajando en nuestro pueblo. Educación, sanidad, agricultura… y ahora también formación en montaña. Nos enseñan cómo rescatar, cómo asegurar, cómo atar una cuerda fija. Eso salva vidas”.
El legado de Little Karim
Abdul Karim nació en Hushé y medía apenas metro y medio y pesaba menos de 50 kg. En 1978, cuando el alpinista Chris Bonington lo rechazó por su estatura, lo levantó en brazos y dio una vuelta a la manzana con él. Así consiguió su primer trabajo. Desde entonces, acompañó a decenas de expediciones internacionales, incluyendo las de Juanjo San Sebastián y Sebastián Álvaro. Era rápido, fuerte, alegre, leal. “Si la esencia del Karakorum pudiera guardarse en un ser humano, ese sería Karim”, escribió San Sebastián.
Karim no solo cargó mochilas: cargó sueños. Y uno de ellos fue que sus nietas llegaran “hasta donde él había llegado”. Hoy, Amina y Siddiqa lo están haciendo.
Una red que crece
La Fundación Sarabastall, nacida en Caspe (Aragón), trabaja desde 2001 en el valle de Hushé, en el corazón del Karakorum. Sus proyectos se centran en educación, sanidad, agricultura y sostenibilidad, con un enfoque comunitario y de respeto a los recursos endógenos. Gracias a su programa de becas, más de 200 jóvenes —entre ellos 23 chicas— han accedido a estudios secundarios y universitarios. Cada año, médicos y enfermeras viajan al valle para ofrecer asistencia y formación. También se imparten cursos de rescate y técnicas de montaña.
“Antes de la Fundación, estábamos muy atrás”, dice Hanif. “Ahora todo está mejorando. Pero esto no funciona si no vamos todos juntos. Uno sin otro, no sirve. Vamos todos juntos, es un buen trabajo para el futuro de los niños y las niñas”.
Un paseo, una mirada
Al salir del Ayuntamiento de Siero, Hanif y yo caminamos hacia el parque lateral. Hablamos del clima: ellos viven a más de 3.000 metros, escalan por encima de los 6.000, incluso de los 8.000. Aquí, a nivel del mar, notan la humedad, el aire les pesa. También hablamos del cambio climático. “Allí ocurre lo mismo”, me dice. “El frío sigue, pero algo está cambiando”.
Amina y Siddiqa llevan bolsas en las manos. Las dejan en un banco para hacerse unas fotos. Me cuentan entre risas que uno de los sitios que más les ha sorprendido son los “quioscos”, como llaman a las tiendas de chuches. Les encanta el chocolate. Su padre se ríe: “¿A quién no le gusta el chocolate?”. Ellas ríen con timidez, pero con intensidad. Me miran con complicidad. Tienen un brillo en los ojos que transmite tanto, que sobran las palabras.
Da igual la distancia en kilómetros. Da igual la lengua, la religión, la cultura. Al final, somos seres humanos. Y cuando hay respeto y empatía, nos sentimos tan cerca como si fuéramos amigos. O familia.