Ángel Gutiérrez, el “niño de la guerra” y dramaturgo hispano ruso, reconocido en Piloña

El sábado se rinde tributo al director de teatro, natural de Pintueles.
angel-gutierrez-rusia-pintueles

En septiembre de 1937, el niño de seis años que acompañaba cada día a Mariano, el pastor, camino del Pico Viyao, sobre Pintueles, fue arrancado “como el brote de un pequeño árbol y transplantado a una tierra lejana y fría”. Esas palabras del propio Ángel Gutiérrez (1932-2024) prologan sus “Diarios de un español ruso”, que comenzó a escribir antes de ingresar en el GITIS, el Instituto de Artes Escénicas de Moscú.

Ángel fue evacuado en septiembre de 1937, con más de mil niños asturianos, rumbo a Leningrado, la hermosa ciudad báltica que hoy vuelve a llamarse San Petersburgo. Eran parte de los 3.000 niños que la República quiso poner a salvo de las bombas, pero la Segunda Guerra Mundial, desencadenada después, junto al aislamiento internacional de la España franquista, los separaron de su patria durante veinte años. Cuando regresan en 1956-57, son recibidos y conocidos aquí como “los niños de Rusia” o “los niños de la guerra”.

cartel-homenaje-angel-gutierrez

Sin embargo, Ángel Gutiérrez no forma parte de esa mayoría que regresa. Con 24 años, ejerce ya como director del Teatro Chéjov en Taganrog, a orillas del Mar Negro: un futuro brillante se abría para el joven español, que declina el retorno a una España incierta. Son años de vodka y rosas, pues a pesar de que él no bebe, los círculos en los que se desenvuelve enjugan en alcohol el presunto deshielo tras la muerte de Stalin.

Ángel Gutiérrez triunfa en los principales teatros de Moscú. La Casa de Bernarda Alba, Carmen y El Hombre de la Mancha, entre otras puestas en escena, llevan “lo español” al corazón de Rusia, un país tradicionalmente propenso a nuestra cultura. La sólida formación adquirida en el GITIS, junto al genio propio, hacen su trabajo mientras la fatalidad se aparta a un lado. Y como el talento brota -si lo dejan- en las aldeas de Piloña como en cualquier finisterre, Ángel cosecha éxito tras éxito bajo las candilejas de aquel Moscú de mediados de siglo.

Con todo, un Régimen siempre recela de los independientes, y aunque Stalin llevaba muerto más de una década, los sucesores heredaron su paranoia, e instigados por Dolores Ibárruri sabotearon el impulso creador del dramaturgo. La segunda mitad de los Diarios recoge su frustración y la decisión recurrente de partir. El director de cine Andréi Tarkovski, con otros artistas de su círculo, respaldan su decisión y 1974 se convierte en su último año ruso. España asiste entonces al final de otro dictador -Franco, ése hombre con el que hoy se practica la güija política- y recibe al director hispano-ruso en Madrid, en una pre-democracia vigilada. La casta se deshace a toda prisa del pelaje franquista y Ángel Gutiérrez aterriza sobre un suelo políticamente venial. En la segunda mitad de su vida creativa, su estrella vuelve a brillar en el teatro de Madrid. Como profesor en la Escuela Superior de Arte Dramático y como director del Teatro de Cámara Chéjov, se resarce de aquellos hándicaps y continúa viviendo por y para el Teatro hasta el 22 de junio de 2024, cuando fallece.

El sábado 15 de febrero se sustancia el último viaje del director a la tierra de la que lo arrancó -raslóm, en ruso- la guerra. Ese día, el Ayuntamiento de Piloña le rinde homenaje entre amigos, alumnos y actores de su etapa española. Se presentarán sus Diarios en castellano y, en presencia de su hija Alexandra y de Miguel Ángel, su queridísimo nieto de 15 años, se depositarán sus cenizas en el cementerio de Pintueles, al pie del pico de su infancia interrumpida.