Cuando Julián el de La Luz llegaba al barrio de La Cortina para poner en marcha los mecanismos, todos los rapaces del pueblo corrían a contemplar el milagro. Él era un hombre calmo, que se movía siempre con parsimonia, incluso aquellos años después de la guerra, cuando en Soto de Sajambre había menos prisa que nunca.
La fuerza del agua no era nada que sorprendiese a un pueblo que se arreglaba con molinos, pero ese prodigio a medias entre la física y el ingenio, que consiste en sacar luz del agua, eso sí que era nuevo en la plaza. Y los críos interrumpían los juegos y dejaban de hacer lo que fuese y subían todos a donde la escuela para asistir a las operaciones del encendedor.
La figura de Félix de Martino se sostiene sólida en la memoria colectiva de Sajambre.
La puesta en marcha del sistema era sencilla, pero eso no mermaba la liturgia. Julián seguía cada uno de los pasos con minuciosidad, sabiendo que la mecánica necesita aceite para que el metal no se devore a si mismo. Cuidadosamente, administraba las gotas en los puntos de engranaje, vigilado estrechamente por las retinas de los críos, ávidos de contemplar el nacimiento vespertino de la luz, cuando la claridad escapaba ladera arriba a cruzarse con la noche, que comenzaba a bajar de la collada. Después de engrasar, Julián daba dos o tres vueltas de manil a la rueda de paso y el agua se estrellaba en el alma de la turbina poniendo aquel mundo a rodar. Ése era el momento que cuidaban los rapaces, un hilo de luz vacilante al principio, hasta que alcanzaba la incandescencia entre los terminales. Al punto, en casi todas las casas del pueblo se hacía la luz.
La figura de Félix de Martino se sostiene sólida en la memoria colectiva de Sajambre. Las obras financiadas por él y trabajadas por el común de los vecinos siguen ahí, al igual que la carretera y la fábrica de luz cuya pequeña turbina todavía funciona hoy para asombro de visitantes, aunque el mexicano de adopción oriundo de Soto y fallecido un año antes, no llegase a ver cómo en 1925 las bujías eléctricas reemplazaban a los candiles.
En Oseja de Sajambre, el pasado viernes 26 de julio, se inauguraba una exposición en el salón de plenos del Ayuntamiento, con detalle y nueva documentación sobre la vida del benefactor, emigrado a México en 1887, con 28 años, y bien casado allí con Guadalupe, hija del conocido indiano Íñigo Noriega, que había amasado una fortuna antes de que Emiliano Zapata la redistribuyese a su antojo. Pero antes de la Revolución, el yerno sajambriego había promovido en su tierra natal fuentes, lavaderos y dos construcciones notables: el Ayuntamiento, con torre y reloj venido de Francia, y una escuela de ensueño que todavía hoy sobresalta a quienes se la tropiezan en medio de Soto, a 930 metros de altitud. La Escuela-Museo se visita en temporada, fascinando a quienes se saben apartar de las tierras quemadas por el turismo.
La Asociación “Félix de Martino”, con treinta años de actividad, la publicación “Cien años de una intención. Escuela de Soto de Sajambre”, de Lorenzo Sevilla, y la Exposición “La vida de Don Félix” (en curso hasta el 26 de agosto), como la memoria viva o escrita de tantos vecinos, son pilares ciertos sobre los que se sostiene el legado del sajambriego, luz y sendero para todos cuantos aciertan a trabajar en favor del común.