domingo 22/5/22

He esperado unos días, porque acabo de cumplir 55 años y la edad me ha ido enseñando que en momentos de crisis, de desesperanza, del comúnmente llamado cabreo, no es bueno hacer otra cosa que esperar que sedimenten los acontecimientos, lo vivido y lo sentido, y no actuar por el impulso del momento.

Y si tras esperar un tiempo queda un poso que persiste, es momento de dar la cara y hacer algo.

Para eso nos pagan. Y hacer las cosas técnicamente bien, ser buen cirujano, buen médico de urgencias, buen médico de familia  o buen cardiólogo es condición necesaria, pero no condición suficiente para ser un buen profesional.

Y lo único que puedo hacer ante el relato publicado en La Nueva España -única versión disponible- acerca de la muerte de Ignacio Pérez-Moya Fernández y del trato dispensado a su mujer, Cristina Fernández-Coronado González, es decir que el poso que ha quedado es de profundo sufrimiento y necesidad de decir a quienes han actuado con tal falta de sensibilidad y empatía, y a quienes estando formándose puedan caer en esa dinámica, que lo que han hecho es absolutamente reprobable y repugnante; y que para reparar el error como mínimo han de pedir disculpas. Que los médicos nos debemos a nuestros pacientes. Que ser técnicamente magnífico no es ningún mérito, es lo mínimo exigible. Para eso nos pagan. Y hacer las cosas técnicamente bien, ser buen cirujano, buen médico de urgencias, buen médico de familia  o buen cardiólogo es condición necesaria, pero no condición suficiente para ser un buen profesional. Porque a partir de ser técnicamente excelente, aunque cometamos fallos como seres humanos que somos, comienza la otra vertiente de nuestra sagrada profesión. La imprescindible y exigible éticamente junto a la de la excelencia técnica: la de la excelencia humana. Porque tratamos con personas, y además en momentos vulnerables, de falta de salud. Sino no estarían en nuestras consultas, o en el quirófano, o tendidos en una camilla en la UVI móvil, o en cuidados paliativos, o en la cama de un hospital.

Y si no somos capaces de comprender que tratamos a personas enfermas, y por tanto vulnerables,  y a sus familias y cuidadores, no merecemos ser llamados médicos. Somos unos miserables. Lamento ser tan contundente, los que me conocen saben que no me gusta serlo. Que intento comprender a cada persona y sus circunstancias, y ver el vaso siempre lleno.

No somos dioses, somos compañeros de viaje con la inmensa suerte de tener la mejor profesión del mundo.

Lo que ha sucedido ante la muerte de una persona en un quirófano de madrugada puede comprenderse. Lo que no puede comprenderse es el trato inhumano que han recibido su esposa, su familia, y el propio difunto. No poder recibir una información sobre lo sucedido en un lugar adecuado, de modo adecuado, sin tonterías de tecnicismos, sin una huida del cirujano en toda regla, sin una palabra de consuelo, un mínimo acompañamiento, y un derecho a despedirse del ser querido, a abrazar a quien compartió la vida de una persona más de 40 años no tiene calificativos: miserable, ruin, terrible..... No digo que la despedida deba realizarse en el quirófano, pero sí en cualquier sitio del gran y bendito hospital. Nos ampara la ley de muerte digna. ¿Quien nos creemos que somos para limitar esos derechos a la información y a la despedida? ¿En qué nos hemos convertido?.

Y no me refiero solo al cirujano principal, que por supuesto..... ¿Dónde está el resto de profesionales de la intervención realizada de madrugada? ¿Amparándose en que no es su responsabilidad? ¿Dejando a una viuda sola, postrada en el atrio, en el suelo sola esperando a que llegue su familia? ¡Qué horror!.¿A esto lo llamamos trabajo en equipo?

Pido disculpas si el tono de estas líneas puede parecer excesivo. Pero no es fruto de un calentón. He dejado pasar unos días y escribo estas líneas para pedir disculpas a Cristina y su familia por el mal causado por los profesionales del sistema sanitario público al que pertenezco y por el que intento pelear cada día de mi vida. Perdón. Lo siento en el alma.

Y para que, desde la humildad total, estas líneas puedan servir de reflexión a alguno de los  compañeros que quizás han pasado de puntillas por encima de este acontecimiento dramático, y puedan darle una pensada a lo que significa cada uno de los actos médicos que realizamos cada día. Del impacto de nuestras actuaciones en cada persona a la que tratamos en la vorágine del día a día. Estamos en el 2022, y ya todos deberíamos haber pasado de la arcaica medicina paternalista a la medicina de nuestros tiempos, la de los principios de la bioética, de la empatía, de poner al paciente y su familia en el lugar que les corresponde.  Pasar de una vez por todas de sentarnos al otro lado de la mesa de nuestros pacientes e imponerles nuestros criterios a sentarnos a su lado, escucharles, preguntar lo que es importante para ellos según sus principios y valores, comprenderlos y cuando las cosas han salido mal consolarles, responder a sus lícitas preguntar, apoyarles, y por qué no, llorar a su lado.

Yo lo he hecho  en varias ocasiones en estos 25 años en la UVI móvil. No me avergüenzo. Hay situaciones en la que sólo nos queda llorar. Y llorar con los pacientes o con sus familias, además de a ellos,  confieso que a mí me ha hecho mucho bien. No somos dioses, somos compañeros de viaje con la inmensa suerte de tener la mejor profesión del mundo.

Perdónanos Cristina. Perdónanos Nacho. Perdonadnos todos sus familiares y seres queridos.

María José Villanueva (médica). Oviedo.

La humanidad exigible a los sanitarios
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