La tila de Franchón Alonso

Un vecino de Amieva llevó el comercio de la tila a fiales del s.XIX a Madrid
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photo_camera Franchón Alonso y los tilares de Sajambre.

Cuando Franchón Alonso, vecino de Amieva, dio en comerciar con las herboristerías de Madrid, aun no se habían inmiscuido las farmacéuticas en el negocio de la medicina natural, que seguía vigente, y a finales del siglo XIX las boticas ayudaban a curarse con lo que daba la tierra, fuese agua, frutos o raíces. Se despachaba boldo de Chile, sen de Alejandría y genciana patria, una planta con tanto nombre como propiedades, aunque la comarca era ubérrima principalmente en tila. Todo el mundo buscaba remedios en las plantas para una existencia que tendía, de modo también natural, a ser enfermiza.

Franchón el de Amieva ya había percibido que los mercados locales empezaban a demandar cosas frescas y buenas, como los huevos, la leche y la manteca que bajaba los domingos en caballería al mercado de Cangues, per Anciellos y la Boca’l Carril abaxu, hasta Carrabia, a empatar con la Carretera Cangues, porque a la de Amieva le faltaban décadas aún para trazarse.

Franchón llegó a pernoctar en el Ritz, quizá en la etapa cumbre de su comercio, pues el Hotel arrancó a funcionar en el Madrid de 1910

Y sintió en los mentideros de Cangues que en las villas metropolitanas, como Oviedo o Madrid, pagaban muy bien las hierbas que curan, y él, que estaba bien puesto en el mercado de la tila, se atrevió a ir con ello hasta la capital del reino. Por la Amieva de entonces los caminos eran de carro y carril, y había uno de largo recorrido que tomaba el nombre de la arriería, El Camín del Almagre, por el que transitaban las mulas cargadas del óxido de hierro con que se tintaba toda la lana de Castilla. Asturias era rica en almagreras, una palabra árabe que quiere decir “tierra roja”, cuya arcilla se trocaba por grano en las tierras de cereal.

La tila se cosecha entre pueblos que no tienen ocasión a ponerse nerviosos, y se vende en entornos urbanos, donde la falta de trabajo físico descose el cerebro y facilita los agobios

¿Dónde vio Franchón la ocasión de comercio? Pues en la naturaleza liviana que tienen las hierbas medicinales. Pesan mil veces menos que el mineral, casi tan poco como un pensamiento dulce, y bien secas y apretadas hacen una carga venial para los animales. Así consiguió el comerciante de Amieva enveredar hierbas curativas a Castilla primero y después a Madrid, en una arriería a la que se sumaban los alijos de Valdeón, pues entre la boca del Cares y Caín, por no hablar de Corona y Sajambre, donde también se cuidaban, un millar de tilares eran capaces de abastecer las necesidades urbanas de medio país. La tila se cosecha entre pueblos que no tienen ocasión a ponerse nerviosos, y se vende en entornos urbanos, donde la falta de trabajo físico descose el cerebro y facilita los agobios. Ahí es donde actúa la tila y aquella mercadería antigua que nos llega en el decir de Natividad Alonso, la sobrina de Franchón que lo contó, recordando que el comerciante levantó una casa buena en El Castiellu, con la fecha de 1874 en el dintel.

Y que la bonanza de entresiglos fue tal que Franchón llegó a pernoctar en el Ritz, quizá en la etapa cumbre de su comercio, pues el Hotel arrancó a funcionar en el Madrid de 1910. Y bien pudo ser, porque en aquel tiempo la hacienda de Alonso era fuerte y bien abastada de tierras, llegando a ser hasta siete los segadores de Río Sol -Castilla inmediata- que se quedaban en Los Casares de Angón para tirar a jornal y guadaña los herbáos de la pradería.