De las paredes del domicilio de Rosa Muñiz, en Villabona, cuelgan muchos de los cuadros que ella misma lleva años pintando, aunque, el que voy buscando la mañana en la que me invitó a conocerla, parece que no está por ningún lado: «¿La orla? No sé dónde la tengo –dice Rosa mientras Armando, su marido, se levanta raudo del sofá y tras rebuscar un rato en un armario regresa triunfante con ella– no quiero colgarla, que la gente que venga me vea ahí».
No es un caso único, pero tampoco es habitual comenzar a estudiar una carrera a la edad en la que, la mayoría, se jubila. Rosa, como los otros excepcionales que se han atrevido a hacerlo, tuvo que traspasar unas cuantas barreras antes de verse en un aula del Campus de El Milán, de Oviedo, cursando el grado de Historia del Arte: «El primer día llegué acongojada porque no sabía dónde me metía. Me puse en un rincón al final de la clase y dije para mí: “no voy a abrir la boca”. Pero rápidamente me sentí muy arropada, tanto por los profesores como por mis compañeros, que venían a presentarse y a decirme que cualquier cosa que necesitara, se lo dijera. No esperaba rechazo, pero tampoco aquella acogida, la verdad».
Lo más difícil de todo, adaptarse a la tecnología, además, en tiempos del COVID, con clases a distancia y entrega de trabajos on line: «Yo manejaba algo el word y poca cosa más. Encima, llega la pandemia, todo a distancia, el campus virtual: casi me vuelvo loca».
Pero pudo con todo. El tren diario al campus desde Villabona, las clases, recuperar el hábito al estudio: «Lo saqué año a año, religiosamente. Me gustaban todas las asignaturas, las de arte antiguo, el helenismo, el arte del XIX y del XX. Lo que menos, el tercer año, que fue muy difícil, y el Barroco, que es un poco pesado: me gustaba, ¿eh? pero no tanto».
Una mujer excepcional a la que le tocó vivir una época en que lo habitual era consagrarse al cuidado de la familia: «Estudié con las monjas en Gijón. Luego, en el instituto llegué a sexto, aunque no hice el PREU. Para hacer el grado tuve antes que hacer Curso de acceso la universidad para mayores. Hice el acceso a mayores de 25 porque el de 45 me parecía muy difícil porque yo no había hecho un comentario de texto en mi vida. Antes de todo esto había estado con una muy buena amiga haciendo el PUMUO (Programa Universitario para Mayores de la Universidad de Oviedo), en Avilés».
Con el apoyo incondicional de sus tres hijos y de su marido: «La mayoría de la gente me preguntaba si estaba chiflada; lo estaré, yo que sé».
Con el grado en el bolsillo, la inquietud de Rosa no cesa: «Ahora mismo no me pondría a estudiar otro grado ni de broma pero, buscando, encontré unos microgrados en la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) y voy a apuntarme a uno que me guste, que me encaje: no me vale cualquiera».
¿Recuerdas qué pensaste el día que acabaste el grado? «No me lo podía creer. Bueno: en realidad casi no me podía creer ningún curso que saqué».